No fue como en mi sueño

Un escenario grotesco. Un mar azul verdoso sin olas, encerrado por acantilados, y una playa de arena fina, teñida de naranja por el sol; un oasis encuadrado por rutas de polvo y campos secos de cactus, y un cartel que daba la bienvenida al “Paraíso”.

El parador de esta popular playa en Mykonos encarnaba el delirio de cualquiera, con un barman bronceado que sacudía la coctelera y una mujer joven en bikini que movía las caderas arriba de un parlante, al son de un ritmo caribeño. En sillones de troncos retozaban parejas sobándose y amigos bebiendo de vasos largos con líquidos de colores.

Les ofrecía un rincón fresco el techo, improvisado con una cortina de hojas secas que al menor soplo del viento se mecían en oleadas susurrantes. Otros preferían sacudirse la arena y el calor en el agua: mujeres semi desnudas modelaban hasta la orilla. En medio de ellos descansaba yo en una reposera azul, sintiéndome privilegiada, cuando el paisaje se enrareció.

Una pareja de alrededor de 30 se acomodó a centímetros de mi sombrilla, lo cual me llevó a percatarme de que a medida que bajaba el sol me sentía más y más en la Bristol en enero. La proximidad no hubiese molestado tanto, de no haber sido porque la impresionante rubia desanudó el corpiño de su bikini, se montó a caballo de su novio, tomó una loción aceitosa y empezó a refregársela a su pareja en los brazos, en las piernas, en el pecho, hasta sacarle el lustre. No podía despegar los ojos de ellos. Experimentaba una mezcla de voyeurismo y de asco.

El franeleo no cesó, sino que empeoró, y me arrancó del trance en el que estaba. Empecé a mirar hacia un lado y otro a ver si alguien estaba igual de sorprendido ante el espectáculo de la rubia.

Pero el “Paraíso” se había esfumado. De golpe noté que muchas de las mujeres tenían tetas arrugadas por los años, a otras les desbordaba demasiada grasa de los costados y del abdomen. Un hombre con una melena rubia larga bailoteaba en el agua y cada tanto se acomodaba la bikini.

A la bailarina del parlante, que llevaba varias horas sacudiendo su cuerpito infantil, el maquillaje se le había escurrido y sudaba gotas negras. Su expresión era ausente, y alguien me chifló al oído: “She´s high (está drograda)”. A su alrededor se agolpaban los hombres, sedientos.

El barman servía tragos cada vez más descoloridos, el energizante con vodka era el elegido por todos. El volumen de la música subió con un tema que cantaba “Mi sueño es volar por encima del arcoriris, tan alto”, y las figuras enloquecieron. En medio de este carnaval, busqué la tranquilidad cerca del mar, pero el paisaje no mejoró.

Bajo un cielo, ya violeta, figuras desnudas tambaleaban sobre el agua, chillando frases inconexas en un inglés imposible de entender. Otros los miraban entre carcajadas desde la orilla, con botellas de whisky en la mano. Protegida en la oscuridad, se dibujaba el perfil de una pareja que parecía hacer el amor en una reposera.

De pronto, un golpe seco nos despabiló a todos. Las miradas se volvieron hacia un australiano pelirrojo y enorme que yacía en el suelo; su cuerpo blanco daba violentos y espasmódicos sacudones. Alguien dio la orden de que lo recostaran sobre un lado y el personaje se revolvió y escupió un líquido viscoso.

A sus amigos la sonrisa se les desdibujó del rostro y, mientras de fondo retumbaba todavía el ritmo monótono, levantaron el campamento de toallas y bolsos, y enfilaron hacia la salida del “Paraíso”. Dos arrastraban los 120 kilos del pelirrojo, un peso muerto sobre sus hombros.

La fiesta terminó. La bailarina desapareció. Quedaron botellas rotas en la arena y copas vacías. Y los calientes, que prolongaron el festejo en la reposera, bajo el silencio que impuso la luna.

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Acerca de marianisrael

Escribo sobre las pequeñas historias de la realidad cotidiana, sobre personas, lugares y cosas que veo. Soy Lic. en Comunicación Social y periodista freelance.
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