A 100 mil pasos de la vida

“Yo no soy un héroe, no quería estar ahí”, aclaró. El viernes pasado, Roberto Canessa se sentó ante un auditorio del Hospital Austral y salió de su piel de médico para contar cómo hizo un chico de 19 años para sobrevivir 72 días en las montañas más altas de Sudamérica.

El accidente es uno de los más famosos del siglo: el viernes 13 (¿truco del destino?) de octubre de 1972, un grupo de rugbiers uruguayos de entre 18 y 22 años y algunos de sus familiares se embarcaron en un avión de la Fuerza Aérea rumbo a Chile. La vida tenía preparado otro partido para ellos; horas después su avión se estrelló contra la cordillera de los Andes. “Le habíamos pedido al comandante que siguiera cuando hicimos una parada en Mendoza, a pesar de que el clima era muy malo”, reconoció Canessa. Recién el 22 de diciembre, más de dos meses después, el mundo descubrió que 16 de ellos todavía vivían.

Durante una hora y media, Canessa habló como si hubiese tenido 19 otra vez y estuviera por subirse a ese avión, con la ansiedad del momento. Puede que lo haya dicho mil y una veces, que lo haya practicado y memorizado, pero el relato fue fresco y atrapante, y el auditorio de casi 300 personas enmudeció. Los oyentes nos trasladamos a los Andes y sentimos el frío que congela la sangre y la claustrofobia de sentirse encerrados entre muros blancos. “Yo soy un gran fanático de este tipo”, me susurró un hombre de unos 40 años sentado al lado mío. Y pensé, y Canessa lo confirmó, que él nunca quiso ocupar el lugar de héroe. Que el trono en realidad se le cayó encima. Creo que una persona se vuelve un héroe por accidente y sin querer. Porque las circunstancias/el destino/Dios lo quisieron así.

La primera noche y el después

Pensé “me voy a morir, acabo de chocar en un avión contra la cordillera”. Sentí un golpe muy fuerte en la cabeza, pero de a poco fui haciendo el inventario de mi cuerpo… manos, ok, pies, ok… ¡estaba vivo!, contó Canessa. Sus compañeros menos afortunados recurrían a él con heridas graves, que Roberto no sabía tratar. “Van a venir ambulancias, gente experta”, los convencía el estudiante de medicina. Recuerda esa primera noche como una pesadilla irreal, los lamentos en la negrura de un entorno hostil, a 30 grados bajo cero. Quería apretar un botón y rebobinar todo.

A la mañana siguiente salió un sol que ofreció algo de consuelo. Roberto sintió cierta satisfacción por quienes habían muerto durante la noche, en parte porque se acababa su sufrimiento, en parte porque se terminó la desesperación desbordada de querer curarlos y no poder. Empezamos  a organizarnos, a cuerear los asientos del avión para abrigarnos. Se generó un espíritu de amistad. Armamos grupos de expedición para recorrer la zona.

Y después de casi una semana y luego de acabarse la “comida” –pasta de dientes, gomina, shampoo, colonia…– alguien disparó una idea que erizó la piel de todos, mucho más que el mismo frío: “¿Y si comemos a los muertos?”. Durante días se negaron, pero Roberto empezó a considerarlo desde la medicina: las proteínas eran esenciales para mantenerlos vivos. Si yo fuese uno de ellos, ¿qué mayor alegría tendría de colaborar con mi cuerpo para salvar a otros? Pero nadie se animaba a comer un pedazo. Me parecía la peor humillación, nos sentíamos una miseria humana. Y de golpe me acordé de mi casa, de mi mamá que se quedaba sin su hijo, y pensé que tenía en mis manos la clave para mantenerme vivo, entonces, ¿cómo no hacerlo? Y me tragué el primer bocado.

El mundo real se alejaba cada vez más empujado por un mundo onírico y demencial. Canessa decía que algunos de los chicos se levantaban y decían que iban a comprarse una Coca… “perdimos sentido de la realidad”. En este micromundo, el grupo de jóvenes se adaptaba a su nueva vida: “Es increíble cómo comer la carne de los cadáveres se volvió algo normal”.

La última expedición

En esos días, Nando Parrado, en coma desde el accidente, despertó. Le pidió a “músculo”, como lo llamaba a Canessa, que lo acompañara en una excursión para tratar de salir de allí. Roberto dudaba, hasta que uno de los chicos del grupo que estaba herido, inmovilizado, lo agarró del brazo y le suplicó: “Dependemos del coraje de tipos como vos para sacarnos de acá”. Ya no era cuestión de egoísmo, había que salir para salvar a los demás. 60 kilómetros, o 100.000 pasos, separaban al grupo de Chile según los cálculos del piloto. Le dije a Dios: yo salgo, pero dame una mano. Era un Dios cercano, amigo.

Luego, otra tragedia: el alud. Se sintió el temblor de la montaña y de repente los restos de avión se enterraron en la avalancha de nieve. El grupo perdió a ocho integrantes más esa noche. Fue el puntapié que animó a Nando y a Roberto a empezar a caminar. Sabían que Chile quedaba al Oeste, del lado de las altas cumbres, mientras que a la Argentina se llegaba por los valles. Detrás de esas montañas estaba la vida y empezamos a trepar. A 5.000 metros de altura, hacías 33 pasos y tenías que parar para recuperarte”, contaba Canessa.

Primera lección de la cordillera: “Lo que valía era el esfuerzo, no el resultado. Iba a morir caminando si hacía falta. Seguía porque sabés que con cada paso estás un poco más cerca”. Canessa y Parrado caminaron 11 días, hasta encontrar un arroyo, pasto, vacas… alguien tenía que estar cuidándolas. Acamparon hasta que llegó el pastor… y el resto ya lo conocen.

El público se despertó del trance del relato y empezaron los aplausos, pero faltaba un testimonio más: el de la mujer de Roberto, su novia en aquel tiempo. Le tocó la peor parte: la espera. “¡Habíamos perdido a toda la primera división del club! Nos reuníamos todas las tardes, amigos, familiares, novias, para compartir el dolor y las noticias de la búsqueda, que se mantuvo por 7 días. Mis padres pensaban que estaba volviéndome loca porque hablaba de cuando volviera Roberto… Hasta que una madrugada me despertaron para decirme que habían aparecido dos chicos que decían venir “de la montaña””.

Roberto la miró a los ojos a lo largo de toda su charla. “Me imaginé un reencuentro “a lo Hollywood” y no pudo haber sido más distinto: lo encontré tirado en una cama, cubierto de pelos (le habían crecido en las manos y por toda la cara), con los labios rotos, flaquísimo y débil. Lloraba como un chico”, dijo ella, conmovida.

Los 16 sobrevivientes pasaron Navidad en sus hogares; era su principal ilusión. Roberto reconoció que la fe los mantuvo unidos y que hoy valora más estar en la casa, con la familia y los amigos. Parece un cliché que toda persona que sufrió una tragedia destaque siempre lo mismo, ¿no? Por algo debe ser… “Dar es lo único que se conserva. Recibimos mucho más de lo que necesitamos y hacemos mucho menos de lo que podríamos hacer”. Lecciones después de la cordillera.

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Acerca de marianisrael

Escribo sobre las pequeñas historias de la realidad cotidiana, sobre personas, lugares y cosas que veo. Soy Lic. en Comunicación Social y periodista freelance.
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2 respuestas a A 100 mil pasos de la vida

  1. Aniko dijo:

    Muy bueno Marian, me lo leí de punta a punta, qué historia…
    Besos desde Vietnam 🙂

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