Introspectiva

Cierren los ojos, acostados con los brazos abiertos en cruz, las palmas hacia abajo, los pies relajados, la concentración en la respiración. Inhalo profundo, exhalo. Imaginen un valle y en él un estanque lleno de agua quieta. Nos miramos en él como en un espejo. Encontramos la calma… Mi tercera clase de yoga. Cada vez, después de unos dolorosos ejercicios de elongación, la profesora dedica 10 minutos a guiarnos hacia el interior de nosotros mismos con la meditación. Y al cabo de lo que parecen años, uno “despierta” sintiéndose como después de un largo baño de inmersión.

La cuestión del yoga me hizo pensar en los métodos a los cuales recurrimos para alcanzar la paz interior. Hay personas que ni los necesitan; que no parecen preocuparse por mañana ni por pasado, sino que, simplemente, viven. Suelo preguntarle a la gente si le tiene miedo a la muerte –tal vez porque yo le tengo pánico–, y algunos me responden que ni siquiera piensan en eso. ¿Puede ser? Ni se cuestionan este paso que estamos empujados a dar todos los seres vivos. ¿Serán más felices estas personas por hacerse menos preguntas? Percibo que por lo menos tienen más SILENCIO interior.

Yo no comparto esa suerte, en mi cabeza conviven demasiados signos de interrogación: “¿Y si pasara esto?”, “¿Y si hubiese sido de esta forma?”… Mi novio me dijo una noche que me escuchó haciendo preguntas… dormida. O sea que el mecanismo ni siquiera descansa cuando sueño.

¿Y cómo se relaciona todo esto con el yoga? (ya que estamos preguntones) Leí que esta práctica milenaria se basa en la creencia de que todos, por ser criaturas de Dios, SOMOS ese Dios. Dentro nuestro convive una parte de esa divinidad que insistimos en buscar afuera. Conectarse, a través de la meditación y de la respiración, con ese ser interior es el objetivo final del yoga y una fuente de paz interior.

Suena lógica la teoría; siempre, cuando me sentí más desolada y perdida, recurrí a Dios para que me calmara. Una vez, cuando era chica, una pesadilla me arrancó de la cama a la medianoche. Llorando, caminé a oscuras hasta el cuarto de mis viejos, como hacía cada vez que me despertaba angustiada. Pero los encontré durmiendo con tanta paz, que me senté a llorar sola en el pasillo que termina en su habitación. Y empecé a rezar. Y de golpe me invadió una serenidad insólita, me levanté y volví a la cama.

Hoy busco esa paz interior. ¿Y el yoga? Ayuda, es un recurso más. Por lo menos estoy durmiendo mejor…

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Acerca de marianisrael

Escribo sobre las pequeñas historias de la realidad cotidiana, sobre personas, lugares y cosas que veo. Soy Lic. en Comunicación Social y periodista freelance.
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