Me adelanto a Cupido…

 

Me adelanto al Día de los Enamorados, primero, porque esta noche me voy de vacaciones a Uruguay (¡por fin!), segundo, porque siempre está bueno leer historias de amor.

Hace días que vengo medio obse con que las cosas pasan cuando tienen que pasar, y no pasan cuando no tienen que pasar (a veces es lo más difícil de aceptar).  Ves tu vida en retrospectiva y cómo todo se encadenó… conociste a una persona que te presentó a otra que hoy es tu novia/o… tuviste este trabajo, por medio del cual hiciste tal contacto y hoy tenés el puesto que querías… porque viajaste a ese lugar… etc.

Esta es, en forma resumida, la cadena de hechos afortunados que unieron a mis viejos, a quienes dedico este love-post sanvalentiniano.

***

Mi mamá se enamoró de mi papá a los 12 años, pero él tenía 20. Para ella era “el buenmozo”; para él, “la primita de mis primos”, “Silvita”. Papá se casó a los 21 con su mejor amiga, también llamada Silvia. Mientras nacía su segunda hija, mamá con 25 años y el estigma de estar soltera, volaba a Estados Unidos donde vivió una década y estuvo de novia durante la mitad del tiempo con Felipe, un mexicano.

La mujer de papá se fue, desapareció sin dejar cartas ni explicaciones. Quiso ahorrarse las despedidas de sus cuatro hijos y su marido. Casi al mismo tiempo, mamá cortaba con Felipe porque él “ahora no quería tener hijos, capaz algún día sí”, y volvía a Buenos Aires de visita, con la mala (o buena) suerte de que a mi abuela justo se le desprendiera la retina. Papá era el único oftalmólogo que mamá conocía y la excusa para reencontrarse era perfecta.

Esa tarde de abril tocó timbre en Virrey Loreto 2683, PB “A” y papá le abrió a “Silvita” y se quiso morir por todo lo que había crecido. Esa morocha alta de ojos negros y piel tostada, curvilínea, le tiró los brazos al cuello y le dijo “Betito, ¿cómo estás?”. Y supo… supo en ese momento que Silvia había cruzado la puerta para quedarse. Ella todavía no lo sabía y volvió a Washington, a su puesto de secretaria ejecutiva del BID. Pero el correo cruzaba de Sur a Norte todas las semanas; papá era insistente.

Y entonces mamá, con 35 años, dejó su trabajo, su departamento, su auto escarabajo y su cómoda independencia y regresó a casa. A la casa de ÉL, claro, con quien vive, 27 años después, con la hija que se sumó al dúo un par de años después.

Qué vueltas las del destino… Pensar que mamá tuvo que esperar 25 años a que ese primo que veía en las fiestas familiares, por fin la sacara a bailar.

 

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Acerca de marianisrael

Escribo sobre las pequeñas historias de la realidad cotidiana, sobre personas, lugares y cosas que veo. Soy Lic. en Comunicación Social y periodista freelance.
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