Fabián

Fabián en el hospital, con su familia.

La familia Ricchetti vive en Mar del Plata desde hace 17 años. Tienen una panadería llamada El maná, en alusión al “fruto del cielo” que enviaba Dios al pueblo de Israel mientras se encontraba en el desierto. El maná queda en la periferia de la ciudad, en un barrio humilde. Fabián, de 33 años, vive en el piso de arriba de la panadería con su mujer, sus cuatro hijos, sus padres y su hermana melliza. Tienen poco, pero no les falta nada. Viven felices y eso se palpa en las sonrisas con las que trabajan para tener el pan caliente y las facturas del día listas.

Es Viernes Santo y la panadería está a full. Huele a rosca de Pascua, la vedette de la fecha, y los clientes se las llevan de a cuatro o cinco. Es un mal día para recibir visitas, pero Fabián me lo niega y me repite que sus puertas “están siempre abiertas” para cuando quiera pasar.

Subo por la escalera de cemento pelado hasta un ambiente que intuyo que es el comedor, y enseguida el ambiente frío y despojado se enciende. Mate va, mate viene, Fabián me cuenta de sus hijos y de su idea de mandar a la más grande a inglés, “porque es muy importante”. Me acerca facturas, alfajores de maicena, masas secas con chocolate y torta de coco con dulce de leche. La comida es rica y abunda, y tanto Fabián como sus hijos se desviven para que pruebe todo, están orgullosos de mostrar lo que hacen. Su generosidad es desmedida y no aceptan que pague nada.

Parece mentira que hace solamente un año, cuando lo conocí, Fabián estaba ciego y acostado en una cama del Hospital Austral, recién trasplantado de páncreas y de riñón. En un año, Fabián pasó de estar muerto, a estar vivo y quiero contar su historia porque es una de las más fuertes que conocí en el hospital, en tres años de entrevistas con pacientes.

Fabián Ricchetti se hizo famoso el año pasado por haber sido la primera persona en haber recibido un trasplante combinado de riñón y de páncreas en la provincia de Buenos Aires. Pueden leer la nota que salió en ese entonces en La Nación: http://www.lanacion.com.ar/1285190-un-trasplante-capaz-de-curar.

La operación lo curó de la diabetes que sufría desde los 12 años y una segunda cirugía le devolvió la vista. En un año, Fabián dejó de ser diabético y de ser ciego. “Vivía en una tortura que ahora terminó. Esto es un sueño, un milagro de Dios”, repetía constantemente cuando nos conocimos. Pero empecemos por el principio…

La diálisis fue lo que más sufrió en los largos 17 años de diabetes que atravesó. Cuando en el 2008 sus riñones dejaron de funcionar, estuvo a punto de morir. Había planeado un viaje al Sur en mayo, pero los médicos le advirtieron que no fuera, que en cualquier momento entraba en diálisis. Fabián viajó igual y volvió con 40º de fiebre y un agudo dolor en la cintura. “No podía respirar. Llegué al hospital de Mar del Plata y me dejaron internado. Fue una pesadilla. Le pedí a Dios que me llevara, no aguantaba más, me entregué. `Ya no hay nada que hacer. Su hijo tiene minutos de vida´, llegaron a decirle los médicos a mi mamá. Pero empezaron a dializarme y renací, por mi familia y mis hijos. A partir de entonces fui esclavo de la diálisis”, contó.

“Fueron 3 años de no viajar ni alejarse de la clínica porque tres veces por semana me dializaba durante cuatro horas y media. La sensación es que te chupa la fuerza, porque te limpia la sangre de las toxinas, pero también de lo bueno, de las vitaminas, del potasio, de todo, así que salís muy debilitado”, expresó.

Fabián se recuperó del episodio y siguió trabajando tanto como antes en el mercado de Abasto de Mar del Plata. Tampoco la ceguera, causada por la misma diabetes, quebró su fuerza de voluntad, si bien le costó adaptarse a abrir los ojos y ver negro… “Me despertaba sobresaltado en el medio de la noche, es desesperante no ver”.

Para ese entonces ya habían empezado los viajes a Buenos Aires en busca de una solución. “Habremos ido 100 veces. Toda la plata que teníamos la pusimos en buscar un lugar donde lo trasplantaran”, me contó Nelly, mamá de Fabián, que se apoyó en Dios para seguir adelante. Ante fracasos sucesivos, Fabián se desanimó y el día antes del trasplante le anunció a su familia que abandonaba la diálisis.

Pero esa noche del martes 11 de mayo de 2010, a las 3 de la mañana, sonó el teléfono: “Hola Fabián, quiero que viajes ya al Austral. Tenemos un donante y te trasplantamos hoy”, anunció la voz de Martín Fauda, el cirujano que lo trasplantó. Fabián saltó de la cama, se duchó y llamó a CUCAIBA para pedir un avión sanitario que lo llevara de Mar del Plata a Buenos Aires. Hacía ya dos años que figuraba en lista de espera para un trasplante simultáneo de riñón y páncreas. Como el avión no llegaba, partió en auto rumbo a Pilar, con su melliza, un hermano y otro amigo, más sus padres, que los seguían en otro vehículo.

La cirugía empezó a las 15:30 del martes y terminó a las 00:30 del día siguiente. Se le implantó un páncreas y un riñón en forma combinada, porque tenía insuficiencia renal crónica y terminal. La ventaja es que tras la operación, como el nuevo páncreas produce insulina de manera normal, Fabián se independizó de la diálisis y se “curó” de la diabetes. “Donde hay esperanza hay vida”, me dijo Fabo el día que lo conocí, a pocas semanas de haberse trasplantado. Yo entré en busca de una historia, y salí con un amigo nuevo.

***

Recordábamos todo esto entre la rosca y los mates, cuando Fabián me anuncia que tiene un nuevo proyecto: quiere sacar a los chicos de la calle y para eso está organizando con su familia un taller gratuito de cocina, que funcione para ellos como un pasaporte laboral. La mamá de Fabo, Nelly, se suma a la charla y nos describe entusiasmada lo que piensa enseñar; ella, que no da abasto con la actividad en la panadería. Que está por crear su propia competencia. No les importa: tienen un objetivo que es ayudar a los demás, ¡cómo si a ellos no les faltara nada!

Me voy admirada, con culpa, con ganas de ayudar. Con el sentimiento renovado de que quienes menos tienen son quienes más dan. Con la certeza de que “el maná” no es lo que venden los Ricchetti en la panadería, sino lo que son.

Fabián y Nelly, su mamá, en la panadería El maná.

Fabián en su casa, con sus hijos Damaris y Ezequiel.

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Acerca de marianisrael

Escribo sobre las pequeñas historias de la realidad cotidiana, sobre personas, lugares y cosas que veo. Soy Lic. en Comunicación Social y periodista freelance.
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Una respuesta a Fabián

  1. Gabriela Monti dijo:

    Tremenda historia Mariana, te deja pensando de què nos quejamos mil veces al dìa.

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